
viernes 30 de septiembre de 2011
sábado 20 de agosto de 2011
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15:35 p.m. Hacía un calor insufrible en el apartamento y las horas transcurrían lentas derritiendo las paredes de la cocina manchadas de grasa. Permanecía sentado en una de las sillas blancas de madera de la cocina, apoyado sobre la mesa, sudoroso y aturdido, observando el reloj de pared de mi padre. El segundero del reloj marcaba el único sonido de la habitación "tak tak tak" acompasado rítmicamente con los latidos de mi corazón que cada vez se hacían más notables "bum bum bum" como si de una competición entre ambos se tratara. El sonido del segundero ya era tan ensordecedor que me estaba desquiciando "TAK TAK TAK", "BUM BUM BUM" repetía contundente mi corazón a punto de salirse del pecho. ¡¡YA BASTAAAAAAAAA!! - Grité con los ojos cerrados y las manos sobre la cara. Abrí los ojos y me encontré a mí mismo sentado en el sofá del salón, junto a mi padre que observaba el televisor cuál zombi, sin pestañear, inmóvil. Mi respiración se encontraba agitada, tenía temblores y no paraba de sudar. Pasé de nuevo mis manos por mi cara y a la altura de mi boca noté un dolor punzante, palpé con mis dedos y comprobé como un diente se movía. Cuando dejé de tocarlo este cayó al suelo y con él empezarón a caer todos los demás acompañados de borbotones de sangre que brotaban de mis encías y bañaban mi lengua. El dolor me paralizaba -¿Qué locura es esta?- me pregunté a mi mismo sin hallar respuesta alguna. Desperté de golpe faltándome la respiración sobre la cama regada de sudor -¡Ha sido un sueño! Un macabro sueño- exclamé. Resoplé aliviado, quitándome un peso de encima, fue entonces cuando lo ví, el reloj de pared de la cocina se hallaba colgado en la pared de mi cuarto marcando las 15:35 p.m., con el segundero parado, con el tiempo inerte.
sábado 13 de agosto de 2011
domingo 24 de julio de 2011
Mi habitación está nevada, palpitante de caricias y metralla de tus contínuas explosiones. La nocturnidad prohibida nos servía de alimento en noches estivales al abrazo sibilino de las calles más oscuras. En tus ojos, a veces brillantes, se dejaba ver la profundidad del tiempo que hacía derramar alguna traicionera lágrima de vez en cuando. Con el corazón cerrado en un puño me aferraba a tu desventura que, por ser uno, se convertía en apéndice nuestra. En la calurosa noche las bombas seguían cayendo y en mi habitación las ruinas comenzaban a sepultarte.
miércoles 29 de junio de 2011
Eudemonía utópica

Felicidad endorfínica, translucida, fugaz. Un soplo de aire fresco en una noche densa de verano... una mirada al infinito. Siento como si de un momento a otro fueras a llamar al timbre y volvieras a mi corazón de nuevo, como si el esapacio-tiempo no fuera con nosotros. La felicidad química va desapareciendo y mi cerebro va ahogando lentamente tu recuerdo. Hasta la próxima sesión... hasta volver a ver tus ojos verdes, en el cielo, vigilantes.
domingo 15 de mayo de 2011
jueves 28 de abril de 2011
La muchacha de la 32
4:34 p.m. Permanecía tumbado en silencio en la cama del hostal donde me hospedaba, fumando un cigarrillo cuyo humo trepaba insinuante hacia el techo. En aquel silencio nocturno eran inteligibles todos los sonidos que provenían de las habitaciones colindantes que aunque leves unos destacaban sobre otros, en especial aquel que llegaba de la habitación 32 y se clavaba punzante en mi oído izquierdo. Era un llanto, seguramente acallado por la almohada pero aún así perceptible. A tan profundo lamento nocturno que me estremecía le acompañaba una respiración entrecortada que me hacía palpitar de pena en cada escucha. El llanto de una mujer desconsolada, atrapada por las finas paredes de su silencio que tintaba aún más de negro el cielo de la noche cerrada. Mi corazón balbuceante se acompasaba lentamente con las lágrimas que desbordaban de sus ojos y resbalaban por su cara tras la pared hiriente. Deseé profundamente derribar con furia los muros de nuestras conciencias y abrazarla estrechamente con amor sincero. Deseé secar con mis palabras sus penas y desnudar su alma con mis manos ahora aferradas a otro cigarrillo humeante. Al final me venció el sueño y mis párpados apagaron el clamor de la muchacha, de aquella pobre muchacha que con su amargo plañir hizo de la noche un lugar aún más oscuro.
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